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Martes 24 de Septiembre del 2019

40 años de prestigiosa empresa familiar con la vigencia de un estilo.

En el año 1979 Eduardo Campiglia recibía el título de ingeniero civil en la Universidad de la República Oriental del Uruguay. De inmediato dio comienzo al sueño de crear la empresa 
 Campiglia, con el fin de autogenerarse trabajo, pero con la posibilidad de dedicarse a lo que estudió y de poner la ingeniería al servicio de la gente. En la web de Campliglia Construcciones se pueden leer como fundamentos básicos y esenciales: “Realizar la tarea con la alegría de hacer las cosas cada vez mejor. Crear fuentes de trabajo productivas. Dar satisfacción a los clientes. Pensar a largo plazo. Reinvertir las utilidades en la empresa”. Cuatro décadas después, estas frases siguen siendo el cimiento de una empresa líder en su rubro, con un guía marcado que ha forjado una empresa familiar que da cabida a las nuevas generaciones. Conversamos con Eduardo, el fundador, y Germán Campiglia, la sangre nueva.

¿En qué contexto nació Campiglia Construcciones? 
EC: Nace en 1979. Yo me recibí de ingeniero bastante mayor, tenía 31 años. Y en el tema de la construcción no había trabajado nunca. Para terceros había hecho alguna cosa, para la familia, algunas casitas, reformas. Y me faltaban dos materias para recibirme. Entonces fui a hablar con el secretario docente, que había sido compañero mío, y le pedí que me permitiera dar una materia que era previa a la otra. Era bastante mayor, tenía dos hijos… Y me dijo: “Pero, Eduardo, vos tenés la zapatería y nunca trabajaste en nada vinculado a la carrera. No vas a perder los seis meses. ¿Por qué no trabajás en algo vinculado con la carrera?”. Y le pregunté: “¿Quién me va a dar trabajo a mí?”. Me dice: “¿Público o privado?” Dije: “Privado”, y me mandó a una empresa que se llama Pedro Castiglioni SA, en la calle Minas. Me entrevistaron y empecé a trabajar medio horario, porque todavía tenía la zapatería de la familia y mi presencia era importante porque estaba en la parte comercial. Tenía dos hijos y me estaba por recibir. Una época de mucha actividad [risas]… Y empecé a trabajar en la empresa constructora y me di cuenta de que era bastante parecido a lo que yo hacía en la empresa familiar: negociar, pedir precios, pelear. Empecé a ir a las obras, sin experiencia, pero obras que para mí eran muy importantes. Y me gustó más. Entonces, entré por una suplencia y cuando regresó el otro ingeniero me ofrecieron quedarme en la empresa, ya recibido de la facultad. Fueron seis meses, y ese fue el único período en el que trabajé en relación de dependencia, como empleado. Pero yo quería poner mi empresa. Me acuerdo de que uno de los ingenieros, dueño de la empresa, me dijo: “Usted prefiere ser cabeza de ratón y no cola de león”. Entonces puse la empresa y comencé con trabajos. En ese momento estaba la época de la promoción privada. Yo había comprado un terreno y empezamos en el año 79. Me acuerdo que hice un paseo de ingenieros y los veteranos me decían: “Eduardo, seguí con la zapatería que vos estás bien. Mirá que se viene la mala”. Ya se veía venir lo que pasó en 1982. Empecé la empresa sabiendo que se venía la mala. Fui tremendamente conservador, no me endeudé. Más bien, cuando reventó la cosa con “la tablita”, yo había terminado una obra para el Banco Hipotecario, ¡y el banco me quedó debiendo a mí, al revés! Había terminado las obras y se habían hecho las novaciones, y me tenían que pagar porque pasaban los préstamos a los compradores. Me dijeron que no tenían plata, pero que me pagarían con distintos vales hasta en cuatro años. Y me dieron la opción de que el dinero fuera en la moneda que eligiera. En ese momento elegí en dólares. Fue un poco antes de “la tablita”. La tasa era de un 14%, un disparate. Entonces yo tenía miedo de que el banco no me pagara. Cada vez que vencía el vale, temblaba… [risas]. 

¿Cómo manejaron exactamente ese momento de la construcción?
EC: Y bueno, en general los que construimos siempre precisamos recursos ya, para pagar inmediatamente. Pero como yo tenía trabajos para terceros y este trabajo era una promoción propia con el respaldo del Banco Hipotecario, no me endeudé. Además, nosotros en la zapatería, con mi hermano, empezamos muy jóvenes con cero capital, todo a base de préstamos. 
 Y teníamos claro que más de la mitad de las utilidades se iban en intereses. Entonces, cuando empecé mi empresa tenía que pedir lo menos posible. Me acuerdo de que el primer préstamo que pedí era uno que daba el Banco República para profesionales. No recuerdo ahora el monto, pero era relativamente pequeño. Lo usé para comprar equipamiento para una licitación que había ganado para limpieza de cámaras de Antel. Compré las bombas, compré todo, pero terminó en un contrato a corto plazo de tres o cuatro meses. Terminé, podía haber pagado en 
cuotas, pero pagué todo. No quería deber porque yo tenía en ese momento 32 años y sabía lo que era pedir prestado y pagar intereses.

¿Como fueron los inicios de la empresa? ¿Se plantearon muchos problemas o se creció con rapidez?
EC: La primera crisis la tuve a los tres años de comenzar la empresa. Ahí pasamos cinco o seis años luchando con contratos a precios muy ajustados para mantenerla. Pero sin el agobio de deuda. Lo cual había aprendido de jovencito. Nosotros nunca vendimos de golpe ni crecimos de golpe, siempre todo de a poquito. Yo iba creciendo en función de lo que podía respaldar. No tenía urgencias. Tenía para comer y vivir. Era tremendamente feliz, porque me recibí pensando que de repente la carrera no se podía aplicar, luego de tantos años de sacrificio y estudio. Yo me recibí de ingeniero estructural. Ni bien entré en la empresa constructora, me tiraron con un cálculo de estructura. Para el que se recibió y puede aplicar lo que estudió, es una remuneración mucho más allá del dinero.

¿Existe un cambio generacional en el presente de la empresa? ¿O trabajan juntos?
GC: En los últimos años la empresa está cambiando la estructura. Comencé a trabajar en la empresa el 1o de febrero de 1998, hace ya 21 años, aunque recuerdo que desde chico acompañaba, junto a mi hermana Patricia, a mi padre a las obras y a las oficinas. Podemos decir que hace más de 15 años que estamos trabajando en un proceso de cambio generacional. En los últimos tiempos el esquema de un único líder, se transformó en un equipo de trabajo. Contamos con profesionales y asesores con diferentes capacidades, que abarcan todas las áreas de 
la empresa.

¿El cambio se gesta con la formación de un equipo con la misma cabeza?
GC: Creo que sí. Es un equipo con el que estamos trabajando en seguir profesionalizando la empresa. Implementando nuevos procesos e incorporando nuevos sistemas informáticos que nos permitan tener más y mejor información. Esto nos posibilita que la toma de decisiones, en lugar de ser por olfato, sea más con información y con diferentes cabezas; pero lo más importante es que el equipo comparte los mismos valores que la compañía tiene desde sus inicios. Si a los números se les suma el olfato, con un equipo profesional y comprometido, seguramente las decisiones son un poco más acertadas, con menos margen de error. En ese camino seguimos trabajando y lo seguiremos haciendo porque nuestra visión es a largo plazo.

¿Influye en el cliente que se sigan manejando como familia?
EC: Yo creo que sí. Nosotros llevamos nuestro apellido en la empresa. Para mí tener el apellido genera la obligación de saber que tengo que hacer las cosas bien. Me puedo equivocar, como cualquier persona. Pero si nos equivocamos, vamos a tener que cumplir con nuestras responsabilidades. Algo que tengo bien claro es que hay que caminar con la frente en alto. Montevideo es muy chiquita y se saben las cosas buenas como las malas. Tener en una empresa el apellido de uno es una responsabilidad que pesa sobre los hombros. 
 Si los negocios no son éticos o no se actúa de buena fe, no pueden entrar en Campiglia.

Fuente: Revista Somos Uruguay

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